viernes, 29 de mayo de 2026

Ayacucho y el nuevo Perú que revela el censo

Por Wens Silvestre

El envejecimiento, la migración y la baja densidad territorial obligan a repensar la política pública más allá de Lima.

El Censo Nacional 2025 acaba de ofrecer una fotografía incómoda del Perú. El país llegó a 34 millones 157 mil 732 habitantes, pero la cifra gruesa es lo menos revelador. Lo verdaderamente importante está en la composición: el Perú envejece, concentra población en la costa, mantiene fuertes corrientes migratorias internas y enfrenta una presión creciente sobre sus sistemas de salud, empleo, cuidados y protección social.

Ayacucho resume buena parte de esa transición. Según los primeros resultados del INEI, el departamento alcanza 709 570 habitantes. De ellos, 350 490 son hombres y 359 080 son mujeres. La diferencia no es solo estadística: confirma una ligera mayoría femenina, con 50,6% de mujeres frente a 49,4% de hombres, en un territorio donde las mujeres sostienen buena parte de la economía familiar, el cuidado y la vida comunitaria.

Pero el dato más importante está en la edad. Ayacucho tiene 169 331 personas de 0 a 14 años, 430 937 entre 15 y 59 años y 109 302 de 60 años a más. Dicho de otro modo: el 60,7% de su población está en edad potencialmente activa, mientras que los adultos mayores ya representan 15,4%. La edad promedio es de 34,1 años y la edad mediana llega a 31 años

Ayacucho ya no puede ser leído únicamente como un departamento joven, rural y expulsor de población. Es también una sociedad que envejece.

Ese cambio demográfico tiene consecuencias económicas y políticas inmediatas. El índice de envejecimiento del departamento es de 64,5, es decir, casi 65 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años. La relación de dependencia total alcanza 64,7, lo que significa que por cada 100 personas en edad activa hay cerca de 65 personas dependientes, entre niños, adolescentes y adultos mayores.

En una economía con alta informalidad, bajos ingresos rurales y servicios públicos dispersos, esa carga no se distribuye de manera abstracta. Recae sobre familias concretas. Y, con frecuencia, sobre mujeres concretas.

La política pública peruana todavía no está preparada para este escenario. Durante décadas, el debate regional se concentró —con razón— en pobreza, educación básica, infraestructura y salud materno-infantil. Esas prioridades no han desaparecido. Pero ahora se superponen con otra agenda: envejecimiento, cuidados, enfermedades crónicas, pensiones insuficientes, soledad rural y necesidad de servicios geriátricos.

El riesgo es llegar tarde. Los países suelen descubrir el envejecimiento cuando ya es demasiado costoso corregir sus efectos. Ayacucho ofrece una señal anticipada: todavía tiene una mayoría de población en edad de trabajar, pero la ventana demográfica se está cerrando. Si esa población no encuentra empleo formal, educación útil y oportunidades productivas dentro del territorio, el resultado será previsible: más migración, menor base productiva local y más presión sobre las familias que permanecen.

La migración interna es, en este sentido, el indicador político más elocuente. Ayacucho figura entre los departamentos con fuerte saldo migratorio negativo. Eso no significa simplemente que la gente “se va”. Significa que el territorio no logra ofrecer suficientes razones para quedarse.

El problema no es la movilidad. Migrar puede ser una decisión legítima, incluso liberadora. El problema aparece cuando migrar se convierte en la única estrategia racional para acceder a educación superior, empleo, salud especializada o ingresos estables. En ese caso, la migración deja de ser opción y se convierte en síntoma.

Ayacucho enfrenta además una dificultad estructural: su baja densidad. Con 16,2 habitantes por kilómetro cuadrado, llevar servicios públicos resulta más caro, más lento y más complejo que en zonas urbanas densas. Una posta médica, una escuela secundaria, una carretera o una conexión de internet no tienen el mismo costo operativo en una provincia dispersa que en un distrito limeño.

Por eso, el Estado no puede seguir aplicando modelos homogéneos. Un territorio disperso necesita un Estado móvil, flexible y tecnológicamente equipado. Brigadas de salud, telemedicina, transporte rural subsidiado, mantenimiento permanente de caminos vecinales, servicios itinerantes de documentación, conectividad comunitaria y educación híbrida no son lujos: son condiciones mínimas de ciudadanía.

El Censo 2025 debería obligar al Gobierno Regional de Ayacucho, al Ejecutivo y a los municipios a cambiar el enfoque. No se trata solo de aumentar presupuesto. Se trata de asignarlo de acuerdo con la nueva estructura demográfica.

La primera prioridad debe ser un sistema regional de cuidados. Ayacucho necesita centros de día para adultos mayores, atención domiciliaria, redes comunitarias de cuidado, capacitación de cuidadores y servicios de salud preventiva. El envejecimiento no puede seguir descansando en la familia extensa, menos aún cuando la migración reduce precisamente esas redes familiares.

La segunda prioridad es una estrategia de retención de jóvenes y población activa. El departamento tiene más de 430 mil personas entre 15 y 59 años. Esa es su principal reserva de desarrollo. Pero sin empleo, crédito, conectividad, formación técnica y cadenas productivas, esa reserva se transforma en frustración o emigración. Ayacucho debería apostar por agroindustria, turismo cultural, industrias creativas, servicios digitales, economía forestal sostenible, infraestructura local y compras públicas orientadas a productores regionales.

La tercera prioridad es una política de igualdad económica para las mujeres. Si las mujeres son mayoría poblacional, también deben ser prioridad presupuestal. Eso implica acceso a crédito, asistencia técnica, formalización, protección contra la violencia, servicios de cuidado infantil y participación real en decisiones comunales y municipales. No hay desarrollo regional si la mitad mayoritaria de la población sigue sosteniendo la economía invisible sin reconocimiento ni poder.

La cuarta prioridad es una reforma territorial de salud y educación. Ayacucho no puede depender solo de hospitales urbanos y escuelas con cobertura formal. Necesita redes de atención primaria, especialistas itinerantes, teleconsulta, residencias estudiantiles rurales, conectividad para colegios y formación técnica vinculada a mercados reales. La demografía exige rediseñar la oferta pública.

La quinta prioridad es crear un observatorio demográfico y territorial de Ayacucho que use los datos censales por provincia y distrito. Gobernar con promedios departamentales es una forma elegante de no ver las desigualdades internas. Huamanga no tiene los mismos problemas que las provincias rurales con dispersión, envejecimiento y expulsión de jóvenes. La política pública debe bajar de escala.

El censo ha hecho su trabajo: contar. Ahora la política debe hacer el suyo: decidir.

Ayacucho no necesita compasión centralista ni retórica descentralista. Necesita una lectura adulta de sus datos. Tiene población suficiente para sostener un proyecto regional, una mayoría activa que aún puede impulsar crecimiento y una identidad cultural capaz de articular turismo, producción y comunidad. Pero también tiene envejecimiento, dependencia, baja densidad y migración persistente.

La conclusión es sencilla: el futuro de Ayacucho no se juega solo en cuántos habitantes tiene, sino en cuántos de ellos podrán vivir, trabajar, envejecer y cuidar sin tener que abandonar su territorio.

El Perú suele mirar sus censos como trámites estadísticos. Esta vez debería leerlos como una advertencia. Si el país no construye políticas públicas para sus regiones que envejecen, se vacían y se dispersan, la descentralización seguirá siendo una promesa ceremonial. Ayacucho, con sus 709 570 habitantes, no está pidiendo privilegios. Está mostrando, con números, el costo de seguir gobernando un país diverso con recetas pensadas desde el centro.